El dinero, en su función teórica, es un sistema de información, una representación neutra del valor. Sin embargo, cuando el precio de un bien o servicio no internaliza sus costes externos negativos (los impactos sociales o ambientales que genera), esa información se corrompe.
El sistema de precios deja de reflejar el valor real y pasa a reflejar únicamente el valor de producción y distribución que una empresa está dispuesta o es capaz de asumir. El resto del coste —la contaminación de un río, la precariedad laboral en la cadena de suministro, el agotamiento de un recurso natural— se convierte en una deuda invisible que no paga ni el productor ni el consumidor, sino la sociedad en su conjunto, el medio ambiente o las generaciones futuras.
Por tanto, la compra de ese producto «barato» no es en realidad una transacción de valor eficiente, sino una transferencia de costes y responsabilidades. Estamos usando el dinero no para intercambiar un valor justo, sino para legitimar un sistema que oculta y pospone sus verdaderas facturas. Es una ilusión de ahorro construida sobre un pasivo social y ambiental.
«Cuando el precio de un producto ignora su impacto real, el dinero deja de ser un transmisor de valor para convertirse en un cómplice de la externalización del daño» | Javier Aguirre – Socio fundador – Consultor de COVAL









